Celebramos el segundo domingo de mayo, el día de una figura muy especial e insustituible dentro de la familia.
Juntos, la madre y el padre aportan con sus enseñanzas, actuaciones y la espiritualidad de ambos, la savia con la que se van moldeando los hijos. Pero, especialmente las madres con su espontánea ternura, dedicación e incondicionalidad son como los árboles que dan cobija; la calma en medio de la tormenta y la fuerza renovadora en la adversidad pues ellas son dueñas de la gracia del Señor.
Desde mi experiencia de hija, mujer y madre considero que resulta fácil reconocerlas en cualquier época y lugar geográfico. No importa su credo, estatus social, ni el color de su piel porque ellas se distinguen por esa fuerza interior que las impulsa a realizar, cuando es necesario, acciones titánicas por sus seres queridos y gastarse totalmente sin pedir nada a cambio.
A lo largo de la historia de la humanidad, ha quedado por siempre la huella de la que es taller donde se forja la vida y nos da vida a través del amor.
Reciban las madres, en cualquier parte del mundo nuestras felicitaciones.
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Beba agua con el estómago vacío: Tiene sentido.
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